Con otro título ya lo publiqué en julio de 2.011, posiblemente algunos ya lo han leído, es un artículo ni peor ni mejor que el resto, con un lenguaje sencillo, sin florituras y sin pretensiones, pero para mí tiene un significado especial, siempre tenemos un ojito derecho también en nuestras pequeñas letras.
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El escenario se me hace inmenso, allí estoy tras el telón en esos momentos de espera con la mente en blanco y sin un texto que aprender, la improvisación me persigue y cuando el telón se abra sé que el corazón bombeará con más fuerza.
Se abre el telón, y momentáneamente quedo cegado por las luces que señalan a ese punto donde me encuentro, se escucha un murmullo en el patio y apenas adivino al público, al fondo, en la última fila veo la soledad de una mujer tan solitaria como yo me encuentro en ese escenario que es la vida.
Todo comienza:
“Buenas noches amigos, no sé cómo empezar cosa normal en mi, pero empezaré como empiezo las mañanas, recogiendo de la mesilla de noche el libro titulado “Lo que he vivido” y con la goma de borrar retirar de sus páginas todo lo que me ha dañado, todo lo que me ha dolido en la actitud del mundo que nos rodea y todos los tropiezos que he dado en la misma piedra.
Pero esto no es lo importante, ese libro lo podemos dejar aparcado en la mesilla de noche, es pasado, y como tal sólo significa “experiencia y recuerdos”, nada más.
El libro realmente importante es ese tomo con las páginas en blanco titulado “Lo que me queda por vivir” y comienza en este mismo segundo en el que establezco este monólogo sin guión y que letra a letra irá desgranando lo que las manecillas de un reloj nos regale en el futuro.
Y salgo de casa y me dirijo a ese lugar querido llamado naturaleza y subo a la montaña, allí, extasiado en la contemplación del inmenso universo que me circunda saco de mis pensamientos, y entierro, a tanto déspota, a tanto dictador que oprime a los pueblos. Allí levanto un pequeño monumento de piedra a esos pueblos que desconocen el significado de la palabra “libertad” porque no la han vivido, a tantos pueblos que no saben si mañana tendrán algo que llevarse a la boca, a tantas personas a las que una bala les robará su bien más preciado, la vida.
Y miro a la otra cara de la moneda, a la luz, a la primavera que explosiona de belleza los campos, a la mujer que de vez en cuando encuentro y se cruza su mirada con la mía, a los niños que juegan en los parques y a los ancianos que vuelven a ser niños.
Y me siento a descansar y a escribir en ese libro una palabra: “Amar”
Se escucha al final del patio, en un lugar donde unos ojos de mujer derraman luz un aplauso, que se extiende, pero no es a mí, es a la vida, a ese libro que a todos nos queda por escribir.
Fin del primer acto.
. . .
Comienza el segundo Acto:
Se levanta el telón, allí estoy otra vez un poco inseguro y viendo que aparentemente nadie se ha marchado del teatro, miro al fondo y veo a la señora solitaria que me mira y me manda una sonrisa lo que me da fuerzas, empiezo:
“Quiero que mentalmente todos abramos ese libro en blanco “lo que nos queda por vivir” y pensemos en el sentido que le hemos dado a nuestra vida, escucho el sonido del silencio, en mi caso lo representaría con una mano extendida para dar y una sonrisa en mis labios.
El camino que debemos seguir lo tenemos que ver con ilusión, si no es así más nos vale quedarnos vegetando, tenemos que caminar con fuerza y de forma creativa, con admiración a tanto como nos rodea digno de ser admirado, quiero deciros que en una época de mi vida en la que fui amante de la fotografía recorrí multitud de pueblos fotografiando su arquitectura popular y a sus gentes, y a través de la fotografía descubrí el amor, me enamoré de la que posó cientos de veces para mi, aún queda una vela encendida en mi corazón aunque nuestros caminos se bifurcaran, descubrí en las cosas pequeñas o minúsculas un mundo prohibido al alcance de nuestra vista, ese es un camino, admirarse de las cosas y los detalles más pequeños, y siempre he tratado de plasmar en la retina o despensa de la memoria esos momentos inolvidables como lo es la más sencilla puesta de sol.
El libro en blanco poco a poco va tomando forma, cada uno de nosotros le da un camino, una dirección, y no podríamos decir cuál es la más correcta, cada uno somos un mundo, un microcosmos distinto al otro, unos pueden amar las artes, otros las manualidades, otros la naturaleza, otros, entre los que me encuentro, esa otra naturaleza humana llamada “mujer” la cual es un “arte” a veces difícil de comprender.
Volvemos al camino, este que habla descubrió un poco tarde un camino, “El camino de las estrellas” o Camino de Santiago y fui peregrino por los senderos de España en los duros otoños, en solitario, llevando todo mi mundo en la mochila donde estaban todas mis pertenencias, allí en la soledad de las largas caminatas descubrí, en parte, ese otro yo que en la vida regalada y llena de comodidades está dormido, es un camino espiritual donde se pone a prueba nuestros límites humanos ante el cansancio, donde tuve ocasión de hacer más de 15 kilómetros con una ampolla en la planta del pie que a cada paso me hacía ver las “estrellas”, ese es el otro sentido que un poco en broma le doy al camino de las estrellas, esas caminatas de una media de 25 o 30 km. diarios, en las soledades de los campos nos hace volvernos a nuestro interior a descubrir paisajes dormidos, mientras, pisamos la tierra que durante muchos siglos pisaron otros seres con la vista puesta en Santiago de Compostela, y como fin del camino en Finis Terrae donde quemaban sus ropajes de peregrino para emprender una vida nueva.
Una vida nueva... a veces tenemos que quemar todos los ropajes que nos atan al pasado”.
Acaba el segundo acto, desde el fondo empieza un aplauso, y todos se aplauden a ellos mismos, se les ve con ganas de empezar algo nuevo...
. . .
Escondido tras el telón, agazapado en mis pensamientos tengo en mis manos un libro con las hojas en blanco. En ese momento se abre el telón, la luz es más tenue y me deja ver a las personas que están en el patio de butacas, me quedo sorprendido, veo que todos tienen hojas en blanco en las manos, veo que todos visten sus mejores galas.
En el entreacto han quemado sus ropajes viejos.
Veo con alegría que este tercer acto sobra, cojo con fuerza mi libro “lo que me queda por vivir” y me bajo del escenario a compartir con ellos por unos momentos nuestros libros, nos saludamos unos a otros y charlamos sin prisas de mil cosas, me dirijo a la última fila, me presento a la señora solitaria que me mira con luz propia en sus ojos y la invito a tomar café, cosa que acepta.
El teatro poco a poco se queda vacío, nosotros dirigimos nuestros pasos a una cafetería cercana, allí nos sentamos en una mesa junto a la ventana y empezamos a hablar, parecía como si nos quedara poco tiempo para tanto que teníamos que contar. Me dijo que ella vivía en otra ciudad y que por un impulso que no sabría explicar vino a ver este monólogo. Yo poco a poco le fui contando pasajes de mi libro “lo que he vivido” cosa que nunca antes había hecho y menos con una persona que acababa de conocer, ella, muy despacio, también me contó la historia de su libro, mientras yo embelesado miraba a sus ojos que miraban los míos. Poco a poco se hacía tarde y me dijo que tenía que coger un tren que la llevaría a su hogar, con su familia, y la acompañé paseando las calles de la ciudad, llegamos a la estación y allí despedí a una persona radiante, era un ángel con luz propia.
Su última mirada me dijo tantas cosas que sería suficiente para darle sentido a una vida.
Volví sobre mis pasos y pasé toda la noche paseando las soledades de la ciudad, me sorprendió el alba escribiendo pequeñas letras del libro “Lo que me queda por vivir”
Saudades - 2013
En las cosas sencillas
está la esencia.
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